Tú, yo y este desastre de país 1

Comprobar, por enésima vez, el cómo la ambición mal entendida, la usura en estado puro y el egoísmo eran el motor de la clase política siempre conseguían el mismo efecto en Ana: en primer lugar despertar su yo revolucionario, en segundo lugar sus ganas de borrarlos del mapa y por último dejarla con el sabor amargo de la impotencia; sensación que el carácter de Ana se negaba a aceptar por más de dos segundos. A esta gallega, afincada en León, le gustaban los retos y, por más que su anatomía animase a otros a verla como una treinañera sensusal y delicada, su verdad era otra, se haría escuchar aunque le fuese la vida en ello. Tal vez no pudiera eliminar la sensusalidad que desprendían sus maneras y modos, pero poseía el carácter fuerte de una guerrera nata.

La inquietud, provocada por cuanto había escuchado en la reunión de esa mañana, la mantenía absorta hasta el punto de olvidarse de escrutar cuanto la rodeaba de camino a su coche (actitud adquirida desde su desagradable experiencia con Miguel, su ex. Un momento tormentoso en su vida, tres años atrás, que había agudizado sus alertas y anulado su visión romántica de las relaciones de pareja). Necesitada de aplacar sus ganas de golpear a algún que otro político, en un intento de reorganizar sus neuronas, se tomó un momento apoyada en su coche para observar la montaña leonesa; era una acción que siempre le funcionaba, pero ese día no surtió efecto.

  • No hay manera- el cabreo de Ana era tal que no pudo evitar explotar verbalmente al entrar en su coche, mientras tomaba un coletero para recogerse el pelo; gesto que denotaba hasta que punto la invadía la fatiga mental- ¡Puñeteros políticos!- gritó al fin mientras arrancaba el coche hacia Santo Domingo, centro neurálgico de la ciudad
  • RECORTES ¡recortes y más recortes! ¡Estoy hasta los mismísimos! Parece que esa acción que comienza por “r” es su palabra favorita para todo- Menos para sus bolsillos, los reprendió mentalmente al tiempo que aparcaba el coche para dirigirse a un ambiente más ameno, su oficina- ¿Cuándo les entrará en su cabezota que esa no es la solución? Llega un momento en que un balón pinchado no admite más parches.

Ana, cómo muchos otros, estaba hasta el gorro, sumamente decepcionada con el modo de hacer de la clase política mundial. Cuando salía de las interminables charlas, con sus compañeros de partido, sentía unas ganas tremendas de volver a la sala de reuniones y dar puñetazos a diestro y siniestro; tal vez ese era el único modo de despejar sus mentes y hacerles ver más allá de sus propios intereses.

A sus 33 años se encontraba desempeñando el trabajo de su vida y, al mismo tiempo, ejerciendo de asesora en otro en el cual se encontraba con las manos atadas. Veía tan claro el comienzo para la solución de los problemas económicos, y tan difícil el conseguir que hicieran caso a sus sugerencias.. No se tenía por más inteligente que sus compañeros, la diferencia radicaba en que ellos se dejaban egullir por el SISTEMA, puesto que si cambiaban una mínima parte del mismo sus preciosos traseros podrían terminar en la calle.

El sabor amargo y el sentimiento de impotencia permanecían en Ana cuando entró a su despacho, un pequeño cubículo sin ventanas separado del resto de la oficina por una mampara de cristal. Pero era suyo, su rinconcito del mundo en el cual también se tiraba de los pelos, cuando las ideas no fluían, como se daba palmaditas en el hombro tras un trabajo bien hecho. Nada más entrar en el despacho recibió una llamada comunicándole que la próxima semana tendrían otra reunión del gabinete de asesores; las cosas iban de mal en peor y los políticos estaban ávidos de ideas nuevas, necesitados de alguien que descubriese el antídoto para el mal que aquejaba a la economía en esos momentos- Un antídoto que bajo ningún concepto podría afectar al nivel de vida de los susodichos, recordó Ana con sarcasmo, mientras colocaba la americana en el respaldo de su silla (si bien era una de sus prendas favoritas, en la intimidad prefería remanganse; tener libertad de movimiento la ayudaba a concentrarse).

  • ¿Quién me habrá mandado meterme en estos verengenales?- se recriminó nada más tomar asiento, dando rienda suelta al sentiminto de impotencia que este tema despertaba en ella- Mi madre- recordó con una cariñosa sonrisa, al tiempo que abría la pantalla de su portátil.
  • Todo el mundo se queja pero nadie hace nada- había dicho su madre sumamente cabreada.

Angeles, su adorada madre, se sentía impotente ante la recesión económica y cuanto ello implicaba. Le preocupaba sobremanera el futuro de sus hijos, estaban comenzando su vida, tratando de caminar solos; eran muchas las veces en que se despertaba a media noche pensando cuanto les duraría el trabajo que desempeñaban en la actualidad. Pero lo que más la enervaba eran los comentarios gratuitos que se escuchaban en la calle; tenía la firme convicción de que lanzándose improperios unos a otros la situación no iba a mejor sino todo lo contrario.

  • ¡Dios, cuanta razón tienes!- exclamó Ana ante el recuerdo de esas palabras.

En verdad había que arrimar el hombro. Al fin y al cabo el Estado no era más que otra gran empresa y ella disfrutaba siendo parte del mundo empresarial. La política no le gustaba especialmente, pero a lo mejor podía aportar algo. Ana, escuchó a los políticos de uno y otro bando, sopesó sus programas y se decidió a poner su granito de arena.

Lo que ella no sospechaba era que la unión hace la fuerza tanto si tienes razón como no y, por desgracia, en los últimos años la clase política se había unido a un movimiento (por llamarlo de algún modo) cuyo único fin era “si tú tienes yo quiero tener más, y a los daños colaterales ¡que les den!”.

Sumida en sus pensamientos, se sobresaltó cuando sonó el teléfono:

  • Ana Moreno- respondió nada más tomar el móvil.
  • ¡¿Ya estás otra vez?!- Fran suspiró al advertir la formalidad apagada en la voz de su hermana- No te veo… pero solo con oírte sé dónde has estado- puntualizó un tanto preocupado. Y yo que te iba a enviar una captura de pantalla de lo hermosa que se ve la ría esta mañana. ¡Cielo despejado en Coruña!- anunció con la única intención de despejar, al menos por un instante la mente de su hermana.

La mente inquieta de Ana no podía descansar ni un minuto y, desde que se le había dado por jugar en el terreno de la política, vivía en un estado de constante tensión. Se la comerían, Fran estaba seguro de ello; su hermana era demasiado recta, sería incapaz de mirar hacia otro lado ante los abusos del poder. Pero mientras ella quisiera seguir adelante, con este proyecto, él estaría ahí para apoyarla cuando fuera necesario.

  • ¡Fran, te digo que no hay manera con esta gente!- admitió con cierto enojo, haciendo caso omiso a la visualización de la ría. Pero al menos ahora escuchaba una voz amiga, apreció sonriente. Relajándose en el sillón , tras quitarse las gafas, se dispuso a escuchar a su hermano.
  • Tranquilízate Ana- la alentó su hermano, tras dar las gracias al camarero que le traía su café de media mañana. Estaba en su rato de descanso, disfrutando de la brisa que llenaba la terraza de la cafetería cercana al hospital. Ojala Ana estuviese allí con él, en momentos como el que ella estaba pasando esa era la mejor medicina; respirar y ver mar- Solo hace un mes que te incorporaste al grupo de asesores, no pretendas cambiarlo todo y a todos de la noche a la mañana- Fran comenzaba a intuir que ese tono de preocupación constante, en la voz de su hermana, no la llevaría a buen puerto. Haría hasta lo imposible para que se relajara un poco, se prometió tras dar un sorbo al café.
  • Vale… puede que tengas razón, pero te juro que a veces me dan ganas…- No. No, no, no, se frenó mentalmente, no tiraría la toalla. Presionándose el puente de la nariz, un acto reflejo en ella cuando estaba tensa, suspiró y retomó la conversación con voz pausada- Paciencia, paciencia, me lo repito hora tras hora durante las reuniones. Soy la paciencia personificada. Sin embargo, me encantaría ser un TSUNAMI en ciertos momentos- exclamó con malicia y enfado.
  • Necesitas respirar- la invitó Fran, haciendo una deliverada pausa en la conversación. Hermanita, te voy a raptar de tu lío neuronal durante un par de días, concluyó Fran con firme determinación tras haber escuchado a Ana- Este fin de semana hemos decidido hacer una escapada a la costa asturiana. ¡Anímate y ven con nosotros!.
  • No creo que esta vez las olas consigan amainar la tormenta que llevo dentro- afirmó categóricamente Ana, tras un gran suspiro. El espíritu negativo que se apoderaba de ella, cada vez que pensaba en esas benditas reuniones, la llevaba a encerrarse en si misma. No le apetecía ver a nadie, no quería amargarle la fiesta a nadie.
  • ¡Hazme caso, quieres! ¿Cuándo te he fallado , señorita? Aunque tú seas la mayor, creo que por esta vez deberías dejarme ejercer de hermano mayor a mí- el tono de Fran era alegre y distendido, lo que menos quería era que Ana se diese cuenta de lo preocupado que estaba por ella.
  • Muy gracioso- Ana hizo una pensativa pausa. Que tierno este hermano mío, aceptó sonriendo ante todo lo que Fran representaba, pero no le fastidiaré el fin de semana- Me pasaré sábado y domingo revisando, cotejando e inventando otra forma de exponer los hechos a esa panda de chupasangres- Quién me mandaría a mí, una inofensiva mosca, asomarme a semejante telaraña, se dijo. Estaba furiosa consigo misma por sentirse impotente, y furiosa con el resto del mundo por haberse dejado arratrar hacia la caída en picado que sufría el país.
  • No- protestó categórico- Te lo pasarás tomando sidra y degustando en compañía algún que otro manjar, mientras dejas que la brisa marina entre en tu cabezota, necesitas despejarte.

Ana se quedó mirando el teléfono con el ceño fruncido, ante la insistencia de su Fran. Francisco, un hombretón de metro ochenta y cinco, complexión delgada, pelo castaño claro y ojos azules de mirada profunda, con alma de niño buscando siempre el mejor modo de mantener viva la ilusión en su vida y en la de cuantos lo rodeaban.

  • No Fran, no tengo cuerpo ni ganas de juerga- protestó con voz cansada.
  • Sí, y no se hable más. Te llamaré para ultimar detalles.

Acto seguido, Francisco cortó la comunicación. No pensaba seguir escuchando excusas tontas por parte de su hermana; necesitaba apoyo psicológico y por Dios que, quisiera ella o no, se lo iba a dar.

  • ¡Será cabezón! Cuando se le mete algo en la cabeza no hay marcha atrás- protestó Ana, mirando el móvil con el ceño fruncido y una mueca sonriente.

Ana llevaba dos años trabajando como analista en el departamento de ventas de una multinacional. Era buena en la suyo, tenía compañeros que la estimaban, ¡¡otros no tanto!!, su jefe era exigente pero sabía reconocer el trabajo bien hecho y frenarte cuando veía que necesitabas desconectar. Por todo ello, no le importaba llevarse trabajo a casa, sabía que la cargaban con trabajo de más, pero no le importaba.

Su vida, después del impresentable de Miguel, el perfecto manipulador de mentes en aras del amor, transcurría entre el trabajo y el trabajo; se había refugiado en él, lo reconocía. El trabajo era un terreno seguro, el amor… un camino desasiado espinoso. Además, cuando te has quemado las pestañas año tras año, para adquirir conocimientos que luego te permitiesen desarrollarte como persona en el mundilo que más te gusta y consigues entrar en el mismo, o te esfuerzas por ser bueno o puede que tus sueños se queden tan solo en eso “sueños” y ella no quería eso, se prometió Ana. Había fracasado en su apuesta romántica, no permetiría que sucediese lo mismo con su apuesta laboral.

Quería, ¿qué quería?… sacar a flote un negocio, el que fuera, estudiar las necesidades de los consumidores y cubrirlas eran el inicio y el fin del ciclo respectivamente, pero lo divertido era jugar con las ideas, ¿Cómo consigo crear esa necesidad?, ¿A quienes quiero destinar el producto?… equilibrar la balanza de tal modo que al final todo el mundo estuviese satisfecho. Equilibrio, esa era la palabra ¡y se lo estaban cargando! Pero, ¿En verdad solo quería eso, una vida basada única y exclusivamente en el trabajo?

No. En su momento quiso algo más, una pareja, su propia familia… Vamos, el paquete completo de las películas Disney. Pero no había sido posible, al menos no con Miguel. ¡Dios! sólo con pensar en lo sucedido su cuerpo se descomponía. ¿Cómo podía engañar tanto una persona? No lo sabía, ¿Bipolaridad? Tal vez. Lo que sí tenía bien claro es que no se embarcaría en otra relación. En el último año su lema era “Sexo sí, Amor no” que le den al amor con mayúsculas.

Por otro lado, su hermano tenía razón, en algún momento tendría que desconectar su sistema neuronal. Ya no es que siguiera llevándose el trabajo a casa, es que dormía con él, no había jornada laboral si no treinta días en los cuales no pasaba ni un momento sin darle vueltas a como exponer sus ideas de manera que le entrasen en la cabezota a los supermegachachiguais de sus compañeros de partido. ¡Oh Fran!, una sonrisa asomó a su rostro, el peque había crecido y ella admiraba su positivismo ante la vida y cuanto problema se le presentara en su día a día. Si pudiera contagiarse con un poco de su optimismo… valoró antes de sumergirse en las tablas de resultados que le mostraba la pantalla de su portátil. Su cabeza seguía dando vueltas a cuanto había escuchado en la reunión de esa mañana. Cuando se metió en política solo iba a compaginar el trabajo con echar una mano a sus compañeros de partido, y sin embargo ahora, esto último la estaba engullendo . ¡Oooooh Diossss!

¡Bueno nena, por lo menos sabemos que eres buena para algo!- concluyó mientras analizaba las tablas, en un vago intento de darse ánimo- aunque de momento no nos hagan caso, pues en lo personal no hay manera- afirmó quitando importancia al tema, al tiempo que llegaban más archivos a su pantalla- Fueron tres las veces en que pensamos haber encontrado a nuestra media naranja, pero chatina, vas a tener que mejorar el radar, no todo el mundo es bueno, tal vez algún día termines por aceptarlo.

Y ahora mi hermano, el biólogo, insiste en llevarme de paseo para que se esfume mi cabreo y despeje mi mente. Mi Fran, se dijo acompañada de una sonrisa, cuando estás lejos del hogar interaccionas a diario con personas de todo tipo, si no eres hermitaño, te esfuerzas por ganarte un hueco entre ellas, pero al final, cuando buscas apoyo y consuelo, incluso cuando quieres celebrar lo bueno que te haya podido pasar, reclamas la presencia de los tuyos. Cuan gratificante es saber que siempre están ahí para tí, pensó Ana, que siempre puedes contar con ellos. No tendría un compañero de viaje con el cual desahogar sus penas y celebrar los triunfos, pero tenía una familia que le aportaba tales dosis de amor, cariño y comprensión que superaban con creces todo lo demás.

Mientras Ana se perdía, encerrada en su despacho, entre reflexiones sobre pasado y presente, en el CHUAC de Coruña, Fran seguía decidido a organizar el perfecto fin de semana para su hermana y para ello necesitaba de Alberto y Luci, sus incondicionales.

  • Fran cuenta, me pillas liado, tienes dos minutos, ni uno más- la voz de Alberto era fuerte y decidida, había respondido al tono de llamada de su móvil porque era Fran, y este no le llamaría en horas de trabajo a no ser que fuera algo urgente.
  • Me llega con uno- él también sonaba decidido- Alberto ¿A qué hora terminas el turno?
  • A las cuatro- contestó intrigado.
  • ¿Quedamos a las seis donde siempre?- le consultó manteniendo el tono firme de su voz.
  • Hecho, te dejo- ¡¿Qué misterio se trae este ahora?! se permitió especular Alberto mientras guardaba el móvil en el bolsillo de su bata. La consulta de cirujía cardíaca estaba a tope esa mañana, por ello dejó las especulaciones para más tarde y se centró en el trabajo.

Estaba claro que la peque pedía auxilio a gritos sin decirlo con palabras, reafirmó Fran mientras tomaba la muestra que anteriormente había puesto en el porta y la llevaba al microscopio. Organizaría un tranquilo finde con Alberto y Luci “sus incondicionales” y le daría a su hermana esa bomba de oxígeno que tanto necesitaba.

Fran era biólogo, hacía un año que había aprobado el BIR y entrado a trabajar en el Hospital Clínico de Coruña, en el cual Alberto era cirujano. Se conocieron cuando operaron a su madre del corazón, Alberto estaba a cargo de la intervención y ambos congeniaron desde un principio. Fran podía estar hablando todo el rato, tenía la virtud de consegir que te evadieras de las preocupaciones del día a día, era imposible aburrirte con él, no podía estarse quieto más tiemo del necesario para “jugar en el laboratorio”, cómo él decía; por ello organizaba escapadas en su tiempo libre con sus tres personas favoritas. Pero además, Fran era amigo de sus amigos, podría parecer un niño grande, pero era sólido cómo una roca cuando necesitabas apoyarte en él y eso era algo que Alberto valoraba sobremanera.

Por el contrario Alberto, Al para los amigos, era observador, intuitivo, sabía escuchar. Cuando no estaba trabajando le gustaba disfrutar de su cocina, su hora diaria de footing por Riazor, la buena música y las vistas al mar que tenía desde su casa. No dudaba en frenar los impulsos de su amigo si veía que su manera de ir por la vida, pensando que todo el mundo era bueno, le podía jugar una mala pasada. Ambos eran dos guaperas, cada uno en su estilo, pues si Fran era de complexión delgada, Fran tendía a todo lo contrario; por ello no se saltaba jamás su sesión de ejercicio hasta que el músculo vencía la batalla a la grasa

En cuanto a Luci, era su compañera de piso, cómplice y confidente, estudiaron juntos Biología y en ese período de tiempo se habían apoyado uno al otro. ¡Cuántas veces se habían reído del caos que surgía en ambos durante la época de exámenes! La de veces que lloraron uno en el hombro del otro cuando se sentían impotentes ante un examen… fueron muchas las ocasines que pasaron en uno y otro departamento protestando ante adjuntos y tutores… Eran dos almas libres con una peculiar diferencia: la de Fran era práctica, la de Luci soñadora. Ellos dos ya habían hablado sobre qué hacer sábado y domingo, faltaba Alberto, pero no creían que pusiera pegas.

  • Hola Toni. Lo de siempre por favor- Tras saludar al camarero, el doctor Alberto Caballero hizo un barrido visual por la Marina en un intento por localizar a Fran, pero como siempre, este llegaba tarde.
  • ¡Alberto! ¿Qué tal tu día tío?- lo saludó efusivo Toni, mientras le servía su vino.
  • No estuvo mal- aceptó Alberto mientras tomaba su copa de Viña Real Gran Reserva 2005 para, acto seguido, irse a la terraza de su rincón favorito en A Coruña. Se podía contemplar la ciudad desde allí sin sentir el ir y venir del tráfico ni los transeúntes, solo la brisa y unas magníficas vistas de la ría. Había sido un día duro pero con balance positivo, tenía entre manos un caso que le preocupaba sobremanera pero, encontraría la solución. Él era así, lo negativo no existía, no valía la pena ahondar en la negatividad y sí buscar soluciones.

Le gustaba su profesión, valoraba la vida y luchaba por ella todos los días ¡¿Acaso hay algo mejor a lo que dedicarse!? analizó satisfecho, saboreando su copa. Por supuesto que no hay nada mejor que ver a un paciente, cuya existencia se ha paralizado por que su motor de vida ha protestado, y poder decirle “te ayudaré, haré cuanto esté en mis manos y tú y yo juntos saldremos de esta”. Claro que también estaban los casos en los que poco se podía hacer, pero gracias a Dios eran los menos.

  • Lo siento, llego tarde… como siempre- acepta Fran tras una breve pausa, sonriendo al gesto de impotencia de Al mientras toma asiento a su lado- Un día de estos me animaré a adelantar el reloj un cuarto de hora y así llegaré puntual, prometido- la impuntualidad y Fran iban de la mano, pero ese defectillo era compensado con creces por su carácter afable y sentido de la amistad; cuándo necesitabas algo tardabas más en pedírselo que él en darlo, pero en verdad era un caso crónico de impuntualidad y desorden.
  • ¿Qué pasó?- la cara de guasa de Al no se hizo esperar- ¿Luci te ha obligado a recoger el salón antes de salir?
  • Joder tío, ¿Qué les pasa a las mujeres con el orden?- Fran alzó los brazos en señal de impotencia- ¡Si estaba ordenado!… a mi manera- puntualizó con guasa haciendo un guiño a Al- pero ordenado. Menos mal que solo compartimos piso, no creo que pudiésemos compartir mucho más- este último comentario consiguió que Alberto alzara su ceja derecha al tiempo que suspiraba y movía su cabeza en señal de desacuerdo; el día en que esos dos se dieran cuenta de lo que significaban en verdad el uno para el otro se reiría de ambos, y con ganas- Adoro a esa culo inquieto, pero es demasiado maniática con la limpieza- concluyó Fran para acto seguido dar un sorbo a su cerveza.
  • Ok, lo que tú digas- aceptó Al levantando su copa en un amago de brindis. Cambiando el tono de la conversación de distendido a preocupado, volvió a tomar la palabra- Y ahora, volvamos al principio de la conversación ¿Puede saberse porqué narices me has llamado en plena consulta? ¿Qué estás tramando ahora?- estaba con la mosca tras la oreja después de haber recibido esa llamada; Fran no era de los que interrumpían sin más en horas de trabajo, todo lo contrario. Al igual que él, cuando estaba trabajando se metía en su burbuja y no solías saber de su persona hasta que terminara la jornada.
  • Una emergencia familiar- contesta con decisión. Al ver la expresión de alarma en el rostro de su amigo alzó una mano para tranquilizarlo- Es Ana- la mirada de Alberto se iluminó solo con oír ese nombre, pero saber que se trataba de ella, de la mujer que, solo su amigo sabía, lo ponía como una moto, lo intranquilizó más- No es Miguel, tranquilo. Ahora se le ha dado por querer salvar al mundo de la ineptitud de los políticos y eso la está consumiendo. He pensado que necesita un cambio de aires con urgencia. ¡De lo contrario mucho me temo que terminarás siendo su… médico! y me temo que te gustaría más ser… otra cosa- concluye maliciosamente encantado.
  • Fran, deja ya esa sonrisa- le advierte – Tu hermana me cae… más que bien, y lo sabes. Me vuelve un poco loco cada vez que la veo, pero nada más ¿Entendido?- ¿Tanto se notaba el efecto que producía en él cada vez que la tenía cerca? analizó preocupado por un segundo- ¿Qué sucede?
  • Es complicado, como ella, pero ya te enterarás de cuan complicada es cuando te decidas a dar el paso- lo invita alzando su jarra de cerveza-. He pensado hacer una escapada este fin de semana a Asturias, tú, Luci, Ana y yo. Hay un pueblecito en la costa que no está nada mal- Ante el gesto de advertencia de Al, Fran se apresuró a puntualizar- Muy tranquilo, mar, montaña… tranquilidad absoluta, nada de pubs, nada de ambiente nocturno… no protestes, es lo que buscas siempre que no estás trabajando- es lo que necesito cuando no estoy trabajando, lo corrigió Alberto mentalmente.
  • ¡Serás liante!- el puño del Alberto fue a parar al hombro de su amigo en señal de aprobación de su plan.
  • Salimos el viernes por la tarde y regresamos el domingo a media mañana- dicho esto, Fran dió un nuevo trago a su cerveza y espero unos segundos intuyendo alguna objeción por parte de Al- Parece un viaje relámpago pero el sitio merece la pena. Venga, no te hagas de rogar- prosiguió con un guiño cómplice- ¡Al fin y al cabo, te llevo a ver a Ana!
  • No sé qué te traes entre manos- Al levantó su ceja derecha, lo miró inquisitivamente y dijo- pero me apunto.
  • Lo sabía, ya he hecho las reservas- celebró con una sonrisa cómplice y, tras dar otro sobro a su cerveza le dió un codazo entre las costillas; ese gesto era un brindis muy particular entre ellos.

El jueves, a las cinco de la tarde, nada más llegar a casa llamó a su hermana, pensó que la encontraría en su despacho, sin embargo no fue así.

  • Vamos nena, contesta el móvil- pero, por más que insistía, el otro lado de la línea permanecía en silencio- No hay manera, le daré media hora más y luego vuelvo al ataque- decidió, al tiempo que posaba el móvil en la mesa repleta de revistas científicas que descansaba frente al sofá.

Echando una fugaz mirada a la terraza contigua al salón, decidió a que dedicaría su tiempo mientras esperaba para llamar a su hermana. Fran no solo disfrutaba con su trabajo en el laboratorio, también con sus plantas; por ello, se dispuso a disfrutar de la jardinería hasta que Ana diese señales de vida.

  • Nos pondremos cómodos y mimaré un poco a mis niñas mientras espero para hablar con mi otra niña.

Y eso hizo, se dió una ducha rápida, se enfundó en unos Levi´s desgastados para, acto seguido salir a la terraza. Había que comprobar la humedad de la tierra, si las hojas mostraban signos de enfermedades, falta de vitaminas, en fin… había que mimarlas. Cuando se encontraba entre sus plantas pensaba en su siguiente paso en la vida: algún día encontraría a esa persona especial, que todos buscamos inconscientemente, y los dos darían vida a una familia a la cual habría que mimar, vigilar y cuidar igual que a sus plantas.

Estaba en su mundo cuando sonó el teléfono.

  • Hola hermanito, he visto tus llamdas perdidas- y nunca mejor dicho, las había visto pues no oído; se encontraba en su Lancer intentando relajarse mientras conducía y se dejaba llevar por Cold Play- ¡¿A qué dedicas tu tiempo libre?!- preguntó con tono alegre.
  • Poca cosa… pero muy gratificante- cambió de chip inmediatamente, tenía que venderle la excursión a su hermana sí o sí- ya sabes que cuando estoy en casa el mundo vegetal es lo primero.
  • De mayor quiero ser como tú- Ana aparcó su bolso en el armario de la entrada y se dispuso a salir al porche, porque en algo si tenía razón su hermano, solo con admirar el jardín todo parecía más fácil. Cuando Francisco se sentía atormentado por algo se volcaba en sus plantas; sus niñas, como él las llamaba, le aportaban el silencio y la energía que necesitaba para tomar decisiones.
  • Pues empieza escuchando y aceptando. Mañana viernes te esperamos en Barro- no saltes Ana, pensó Fran.
  • ¡¡Eh, eh, eh,!! ¿En dónde? ¿Por qué?- Ana se paró en seco, ¿Qué le había dado a su hermano? ¿De qué le estaba hablando?
  • ¿Será posible peque? este finde playa- comenzó a caminar por la terraza mientras se toqueteaba el pelo- Lo hemos hablado ayer. Ya veo que la idea no te hizo mucha ilusión, la has borrado del disco duro. ¿Tanta tortura supone para ti disfrutar de tu hermano un par de días?
  • Fran, no estoy de ánimo, no quiero aguarte la fiesta- su alegría se había esfumado, no quería discutir con su hermano, ella necesitaba su alegría y positividad, no sus exigencias.
  • Playa, Barro, tu hermano te reclama- le suplicó Fran con vocecita de chico perdido y necesitado.
  • Vale, vale, vale- ese tono en su hermano siempre la hacía reír- Y ¿Dónde queda ese paraíso?
  • Asturias patria querida…- le informó cantando- Te encantará- satisfecho consigo mismo apretó el puño impulsando su codo hacia atrás se dijo ¡¡bien!!
  • No podré salir de León antes de las siete- contestó Ana con voz resignada. Buscaría el lugar, lo introduciría en el GPS y haría la bolsa de viaje, de sobra sabía que si no lo hacía ya, mañana no tendría tiempo.
  • Guay, te esperamos para cenar- le lanzó unos besos por teléfono y se felicitó por ganarle esa batalla a su hermana- Te quiero enana.
  • Y yo a ti, guaperas.

Bueno Ana, a organizarse, concluyó nada más cortar la llamada. Leggins, camisetas, la chaqueta larga de punto y las convers. Quizás Fran tenga razón, un par de días para hacer… nada, vaquear, disfrutar de la arena, el sol y el mar.

Publicado por Solenoviembre

Pincel, brocha, lienzo, pared... Lápiz, pluma, teclado... Compañeros de viaje que me permiten hallar la musicalidad del día. No agotes tu amanecer atrapado en el gris, ve en busca de tu paleta de color.

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