¿Sueño o realidad?

Prólogo

Castro de Baroña 1850

John Moore batallaba con las olas en medio de una tempestad. Exhausto, sin fuerzas para seguir agarrándose al madero  desprendido del navío en el que navegaba horas antes, atisbo un istmo. Un ápice de esperanza dio calor a un corazón que estaba a punto de detenerse, daría lo que fuera por ver una última vez a su esposa, por una oportunidad para dar un giro de ciento ochenta grados a la relación con sus hijos. Se había prometido a si mismo que, si un  milagro conseguía sacarlo  de esta, muchas cosas cambiarían en su vida.

 

En lo alto del Castro de Baroña, a orillas de la Ría de Noia y Muros, Aina  observaba la puesta de sol como hacía noche tras noche. Su existencia se limitaba a ese trozo de roca, la playa de blanca arena que tenía a sus pies y el castillo situado bajo el Castro.

Aina quería más, mucho más. Estaba presa de un encantamiento que la mantenía atada de pies y manos a esos parajes, la inquietud que la atormentaba día tras día era fruto de su  necesidad por conocer la dicha que supondría presenciar el amanecer cuando ello significaba vivir un día más, de poder escuchar la risa de un niño (su niño)  ¡¿De qué servía la existencia eterna sin vida!? Aina quería sentir, amar, sufrir, llorar, reír, saberse útil para algo, para alguien…

Estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando sus grandes ojos azules repararon en el naufrago. Un ser humano que se debatía entre la vida y la muerte, un ser que a pesar de lo corto de su existencia, tendría mucho por vivir.

 

Por más que John intentaba no perder la consciencia, el escaso trecho que lo separaba de la playa se le hacía inalcanzable mientras su ansia, por recuperar todo aquello que segundo a segundo veía perdido, le pedía cada vez con más fuerza alcanzar la arena. Sintió una presencia a su lado, un espíritu envuelto en una túnica blanca y se desmayó.

La mente de Aina luchaba entre lo que era su obligación (ignorar a aquel ser insignificante) y lo que sentía (esa atracción hacia los humanos que gustosamente anteponía a su obligación de acompañar, proteger y cumplir los deseos y normas de la Diosa Diana). No podía llevar al naufrago al Castillo, la presencia de cualquier mortal varón era castigada con la muerte del mismo. Qué sentido tenía pues haberlo rescatado de la ira del mar si su final iba a ser el mismo. No permitiría que esta vida se apagara, lo escondería en el bosque cercano a la playa y haría todo lo que estuviese en sus manos para devolverlo a su familia. Los conocimientos y poderes adquiridos con el tiempo la ayudarían.

 

Al atardecer del día siguiente John salió de su aletargamiento.

  • ¿Dónde… estoy?- le costaba pronunciar cada palabra, su voz era ronca y quebradiza- ¿Qué…?- estaba aturdido, confuso, se sentía indefenso y esa era una sensación que jamás había experimentado.
  • Te has despertado- una voz con cadencia lenta y melodiosa se introdujo en su aturdida cabeza, Aina lo observaba desde una roca cercana mientras la brisa del atlántico peinaba su larga melena y conseguía que su fina túnica flotase en el aire- ¿Cómo te encuentras?

 

¿Quién era esa belleza? ¿Qué se escondía tras esos ojos azules que parecían mirar tan dentro que llegaban al alma? Su  voz se parecía al canto de una sirena, era alta, su rostro pálido y perfecto mostraba un semblante amable, seguro y fuerte. La mirada de John se detuvo en la fina seda que ondulaba al ritmo de la brisa del mal, llevaba un atuendo un tanto inapropiado para una dama ¿Una sirena, un hada..? El aspecto de esa mujer no era terrenal. A pesar de todo ello, John se sentía seguro a su lado, nada malo podía depararle aquella mujer. Seguro que nada peor a lo que acababa de vivir, pensó.

Aina continuó hablando mientras se acercaba a John para comprobar el estado de sus heridas.

  • De momento no podrás levantarte, te has roto una pierna- dijo con voz dulce y serena- y forzado en demasía corazón y pulmones, pero pronto estarás restablecido para continuar viaje.
  • ¿Quién eres?- pregunto John ansioso por recuperar esa fuerza innata que siempre lo había caracterizado, el dominio de su cuerpo y volver al hogar. Su hogar, pensó con dolor.
  • Aina- no podía revelar mucho más de su persona y adivinaba que el naufrago al que había rescatado la noche anterior querría saber mucho más- Vivo en estas tierras desde hace muchos años.

El hada de la noche, como terminó llamándola John, volvía cada atardecer y poco a poco, con sus cantos, sus cuentos, cuidados y compañía, la necesidad que había sentido en un principio por regresar a los suyos ocupó un segundo plano. Con la llegada de la luna llena la salud del naufrago se restableció por completo más la necesidad que Aina había llegado a sentir por su compañía, unida al placer que suponía para John todo lo que esta mujer le aportaba, los llevó a una noche de promesas y pasión.

La norma más estricta e irrevocable dictada por Diana era la exigencia de mantener la virginidad, el castigo, en el mejor de los casos era ser desterrada, en el peor…la muerte. El amor que Aina había llegado a sentir por John la llevó a romper esa norma, presumiendo que el destierro sería su salvación si con ello conseguía una vida al lado de su amado, solo era preciso que este pasara la última prueba para poder liberarla de su hechizo, de todo lo que la ligaba a Diana.

La última noche Aina le entregó un saquito especificándole que no debería abrirlo hasta el siguiente atardecer.

  • No volveremos a vernos- aseguró Aina con voz firme, ocultando el dolor que ello le produciría- haz lo que te he dicho y prosigue con tu vida.

La esperanza que ella albergaba en su corazón desde hacía muchas décadas estaba ante sus ojos. Si su naufrago rechazaba el oro y la elegía a ella podrían dar rienda suelta a los sentimientos profesados durante las últimas semanas, en caso contrario la esperaba el destierro, toda una eternidad sola a orillas de algún río transformada en serpiente. Pero aún así, a pesar del dolor que sentiría su corazón roto ante la elección equivocada de su amado, no cambiaría ni uno de los días vividos a su lado.

Cuando John tomó el oro en sus manos y procedió a guardarlo en el hatillo la imagen de Aina comenzó a difuminarse hasta desaparecer, fue en ese momento cuando él sintió la necesidad de desprenderse del oro y llenar sus manos de ella, solo ella.

 

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